16 Octubre. Dia 2
Segundo día en Polonia. Hemos dormido de maravilla —el cansancio del día anterior nos pasó factura— y esta mañana nos esperaba el clásico desayuno continental europeo: café, zumo, bacon, salchichas, judías y hasta unos blinis. Con el estómago lleno, nos hemos puesto rumbo al centro de la ciudad para encontrarnos con nuestra guía de Civitatis.
Ayer por la noche ya dimos un primer paseo y vimos lo más
emblemático: la Barbacana, la Sirenita y la Columna de Segismundo, pero hoy
tocaba descubrirlos de día y con historia incluida. Por cierto, hemos dormido
separados porque al reservar el hotel metimos la pata y acabamos con dos
habitaciones distintas. El Gromada está un poco viejito y hace calor, pero
tiene su encanto retro y se duerme bien… aunque hay bastante jaleo por la
noche, con tanta gente joven dando vueltas.
A las 9:00 bajamos a desayunar y a las 10:30 teníamos el
punto de encuentro en el monumento a Copérnico.
Allí apareció nuestra guía, una chica encantadora llamada Agnieszka (que viene
a ser Inés en polaco), con su paraguas amarillo típico de Civitatis. ¡Y qué
acierto! Durante más de dos horas nos fue enseñando la ciudad con energía y
muchas curiosidades.
Empezamos el recorrido en el monumento a Copérnico y
seguimos la calle principal, repleta de bancos musicales dedicados a Chopin.
Si pulsas un botón, empieza a sonar su música: una forma preciosa de llenar
Varsovia de melodías. Al frente, su antigua casa; más adelante, la Universidad,
el Palacio
Presidencial y la casa natal de Madame Curie.
Siguiendo el camino, llegamos a la Iglesia de Santa Ana,
que desemboca en una gran plaza dominada por la Columna de Segismundo. Allí
hicimos una parada técnica y luego nos adentramos en la parte antigua de
Varsovia —pequeña pero encantadora— con sus calles reconstruidas tras la guerra
y su ambiente tranquilo. Al lado está el Palacio Real,
y desde allí paseamos hasta la Catedral
y finalmente la Plaza
Mayor, donde nos esperaba la famosa Sirenita, símbolo indiscutible de
la ciudad.
Nuestro paseo terminó en la Barbacana, el punto final de la
visita con Inés, a la que dimos su merecida propina (15 € entre los
dos). ¡Grupo grande, guía feliz y
nosotros encantados!
Desde allí caminamos hacia el barrio judío.
La zona fue destruida por completo durante la Segunda Guerra
Mundial y hoy está totalmente reconstruida, con edificios de época
soviética. No queda rastro del gueto original, pero conserva su memoria en
pequeñas placas y detalles.
Parada obligada para comer en el restaurante Karmnik,
recomendado por nuestra guía, donde probamos los famosos pierogi.
Son empanadillas hervidas parecidas a las gyozas japonesas y las hay de todo
tipo. Yo pedí de pato y Sonia de espinacas con queso, todo acompañado de una
buena cerveza polaca. ¡Exquisitos! Los pierogi son omnipresentes aquí: los
sirven como plato, guarnición o en sopas.
Tras comer, dimos un último paseo por los alrededores del
Palacio Real y terminamos de nuevo junto a la Columna de Segismundo. Ya eran
las tres, así que fuimos al hotel, recogimos las maletas y caminamos hasta la estación
central.
Nuestro tren a Gdansk
salía a las 17:00, y entre carteles en polaco y plataformas misteriosas, la
estación nos pareció casi salida de Harry Potter: al final supimos que salíamos
de la vía 3 del andén 2 (¿ves por qué lo digo?). Tres horitas de viaje más
tarde, llegamos a la preciosa ciudad costera de Gdansk, famosa por su ámbar y su historia
marinera.
El hotel está justo frente a la estación —una fachada
preciosa, por cierto— y aunque salimos a buscar algo para cenar, no encontramos
mucho abierto, así que terminamos tomando una hamburguesa en el restaurante del
propio hotel. Mañana toca madrugar para explorar Gdansk… ¡seguimos viaje! 🚆🌆🍻
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