23 Octubre. Día 9: Vuelta a casa
Hoy Polonia ha querido despedirse a su manera: con una nevada de las buenas. De esas que no avisan, que te pillan con las maletas arrastrando por las aceras y la nieve ya por los tobillos. Mientras avanzamos hacia la estación de tren rumbo al aeropuerto, el blanco lo cubre todo. Es un paisaje precioso… y un desafío logístico de primera.
En el andén, entre copos y bufandas, llama la atención un
detalle curioso: un montón de gente con camisetas de Sabaton, la banda sueca de heavy metal.
Resulta que dieron concierto anoche en Cracovia, y parece que medio tren viaja
con la resaca musical del evento. Un toque de color metálico entre tanto gris
invernal.
Al llegar al aeropuerto, la nieve nos juega la última broma
del viaje: dos horas de retraso por las inclemencias meteorológicas.
Ni rastro de compensación económica, claro; solo un vale para un bocata frío y
una Coca‑Cola que sabe a resignación. Pero qué se le va a hacer, son cosas del
viaje.
Finalmente embarcamos, un poco cansados pero con la maleta
llena de recuerdos (y de sal, jengibre y pierogi). Desde la ventanilla, el
paisaje nevado se aleja lentamente y uno no puede evitar sentir esa mezcla de
alivio y nostalgia del viaje que llega a su fin.
Polonia nos deja una impresión curiosa: un país
fascinante habitado por gente… digamos que peculiar. No todos han sido amables
ni especialmente habladores, pero su historia, sus paisajes y su cultura
compensan con creces esa aparente frialdad. A su manera, Polonia es como la
nieve que la cubre: reservada, fría al principio, pero hermosa y única cuando
te acostumbras a su ritmo.
Nos despedimos con frío en las manos pero calor en el
recuerdo. Polonia ha sido un mosaico de luces, sal, historia y cerveza; un país
que te enseña más de lo que esperas y que deja ganas de volver, aunque sea solo
por seguir buscando enanos en Breslavia o escuchar otra vez la trompeta desde
la torre de Cracovia. ❤️
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