22 Octubre: Día 8: Cracovia – Último día en Polonia✨

Último amanecer en Cracovia, y también el último de este viaje por tierras polacas. Cuesta creer que hayan pasado ya ocho días desde que salimos de Madrid. Hoy toca aprovechar al máximo la jornada antes de decir adiós a este país que nos ha dado tanto que recordar.

Tras levantarnos y lidiar con un Uber que parecía jugar al escondite, logramos llegar hasta la Plaza de Katyn, marcada por su gran cruz conmemorativa. Allí nos esperaba nuestro guía para empezar la visita. Subimos por una calle empinada y larga —una de esas que te dejan sin aire pero con vistas inolvidables—, y al llegar arriba nos recibe el dragón de Cracovia, el archifamoso guardián legendario de la ciudad. Desde la cima, se abre ante nosotros una panorámica espectacular del río Vístula y de las murallas del castillo: Cracovia a tus pies, majestuosa y serena.

Entrando por la puerta adyacente, se accede a la parte trasera de la Catedral de Wawel, donde se conservan las ruinas del antiguo poblado medieval. En esta misma zona se alzaba la residencia del general de las SS durante la ocupación, y frente a la entrada principal encontramos la estatua del Papa Juan Pablo II, hijo adoptivo de la ciudad. Justo sobre la puerta cuelgan unos huesos enormes —dicen que son del dragón, aunque los científicos insisten en que pertenecen a una ballena prehistórica. Aun así, la leyenda gana por goleada.

Descendemos por una rampa decorada con azulejos grabados con los nombres de quienes contribuyeron a restaurar la catedral, y llegamos a la que fue la casa de Juan PabloII durante sus años en Cracovia. La ruta continúa hacia una pequeña plaza donde se alza la Iglesia de los Franciscanos, justo frente al Instituto Cervantes, un rincón con aire tranquilo y elegante que nos recuerda un poco a casa.

Avanzando por las calles del barrio universitario, entramos en un antiguo edificio con una chimenea curiosa —de esas que parecen tener mil años de humo y conversación encima—, y poco después llegamos a la Plaza del Mercado, el gigantesco corazón de Cracovia. Es mediodía y justo entonces suena el Hejnał, la trompeta del bombero que cada hora toca su breve melodía interrumpida desde la torre de Santa María. Todo el mundo guarda silencio para escucharlo. Una costumbre que emociona, aunque no la entiendas del todo.

Visitamos la Basílica y el histórico Mercado de Paños, donde sigue colgando el famoso cuchillo de la leyenda del hermano traidor, y caminamos de regreso por la misma calle que ayer nos llevó hasta la Barbacana, el impresionante bastión medieval que protegía el acceso al Camino Real. Su foso, sus aspilleras y su estructura redonda son una lección viva de arquitectura militar. Hoy, sin embargo, acoge exposiciones y visitantes que, como nosotros, la recorren asombrados.

Terminada la excursión, toca comer. Elegimos el Mamà Framboise, donde disfrutamos de una buena ración de carne polaca y, sorpresa, nos cruzamos con un simpático guía cordobés. Como postre, probamos un vodka polaco en un bar cercano… aunque confieso que me ha sabido un poco sospechoso: creo que me han servido una versión sin alcohol 😅.

De vuelta al hotel, caminando entre luces y nieve, nos invade una mezcla de cansancio y melancolía. Mañana toca volver, pero Polonia ya se ha quedado dentro: con sus ciudades coloridas, sus pierogi, sus historias duras y su gente siempre amable (aunque con poco inglés 😉).

Cracovia es el cierre perfecto. Combina historia, leyenda y una belleza que te atrapa sin hacer ruido. Desde el dragón y las torres góticas hasta el sonido lejano del Hejnał, todo en esta ciudad parece querer despedirse con elegancia. Hoy entiendo por qué tantos viajeros dicen que Polonia se queda bajo la piel: porque su belleza no se grita, se susurra.❤️

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