17 Octubre. Dia 3
Amanecemos en Gdansk, la ciudad más al norte de nuestro recorrido, muy cerca de las repúblicas bálticas y Escandinavia, a solo dos kilómetros del mar Báltico 🌊. Hemos dormido de lujo en el hotel Scandic, aunque la cena de anoche fue más copiosa de lo previsto —nada que un buen desayuno continental (con sus salchichas y sus judías, cómo no) no compense por la mañana.
A las 10:15 nos esperaba en la Plaza del Mercado de Navidad
nuestro guía local, Marius, justo frente a la antigua prisión,
punto de partida de la visita. Coincidimos con cinco chicos majísimos de
Asturias y Sevilla que están aquí de Erasmus, y entre charlas y bromas
arrancamos la ruta.
La antigua prisión, nos cuenta Marius, fue también casa del
verdugo y escenario de historias menos alegres. En su interior, una fotografía
muestra cómo quedó Gdansk tras la Segunda Guerra Mundial: reducida a ruinas.
Entonces era una ciudad alemana, y los rusos la destruyeron completamente.
Luego fueron los polacos quienes la reconstruyeron, piedra a piedra. Escuchar
eso mientras caminas por sus calles coloridas te hace pensar en la fortaleza
que tiene esta gente para renacer tantas veces.
Atravesamos una puerta
medieval —actualmente en obras— y nos adentramos en la calle principal:
una postal viva de fachadas de mil colores y tiendas de ámbar, joyas y dulces.
Todo el recorrido está lleno de detalles y risas de grupo, y Marius nos va
explicando curiosidades con una paciencia infinita.
Llegamos a la plaza principal, presidida por la Fuente de
Neptuno. Cuentan que, antiguamente, el dios del mar estaba
completamente al desnudo, algo que no gustó mucho en la Gdansk luterana. Entre
discusiones y taparrabos, tardaron casi dos años en decidir cómo dejarlo... y
ahí sigue el pobre Neptuno, con o sin polémica, vigilando la ciudad.
A pocos pasos descubrimos un termómetro gigante en honor a Fahrenheit,
hijo ilustre de la ciudad. También pasamos por lugares relacionados con Schopenhauer
(que solo vivió aquí unos años) y Lech Wałęsa,
símbolo de la lucha sindical polaca.
Cruzamos otra de las puertas históricas y llegamos al río,
donde el Motlava
se cruza con el Vístula
antes de llegar al puerto. El horizonte está lleno de barcos, desde pequeños
pesqueros hasta enormes buques. Esa vista, con el frío del norte y el aire
salobre, te recuerda que Gdansk siempre ha vivido de mirar al mar.
Rodeando el río regresamos entre calles llenas de tiendas de
ámbar 🧡. Entramos en una donde Marius nos da una
mini clase magistral: el ámbar flota en el agua, tiene una temperatura cálida
al tacto y —dato curioso— no tiene nada que ver con los dinosaurios. Cuando se
formó, hace unos 40 millones de años, ellos ya habían desaparecido.
Después visitamos la iglesia
de Santa Catalina, blanca por dentro porque los luteranos encalaron sus
paredes para tapar los antiguos frescos. Ahora solo quedan algunos fragmentos
restaurados, como fantasmas de un pasado artístico que la cal intentó borrar.
El reloj astronómico es una joya: a mediodía, un carrusel de figuras bíblicas
cobra vida, y al final aparece la Muerte intentando alcanzar a los apóstoles
antes de las puertas del cielo. Simplemente fascinante.
Nuestra ruta terminó junto a una fuente con cuatro leones, y
como es tradición, dimos los 15 € de rigor al guía (aunque esta
vez tuvimos que pagar también por los compañeros que no tenían efectivo 🙈).
Libres por la tarde, visitamos el Museo del Ámbar. Algunos
ejemplares son increíbles, con insectos atrapados y hasta una diminuta
lagartija perfecta, como si el tiempo se hubiera detenido dentro de la piedra.
Pasear por allí te hace pensar en cómo algo tan bonito puede surgir de un
simple árbol que lloró resina hace millones de años.
Hora de comer en un “bar de leche”
tradicional: locales modestos y llenos de encanto donde los platos del día
cuestan poquísimo. Probamos chuletas, patatas y ensaladas por unos 10 €, todo
muy casero. Hablando con los chicos del Erasmus, nos contaron que ellos comen
aquí siempre: dicen que sale más barato que cocinar. ¡Y razón no les falta!
Después del almuerzo, dimos otra vuelta por el centro antes
de volver al hotel para descansar un poco. A las 16:30 saldrá nuestro tren
hacia Torun, así
que iremos con tiempo hasta la estación —que está justo enfrente— y buscaremos
algo ligero para cenar esta noche. Nada de cenas copiosas, que luego cuesta
dormir...
💭 Gdansk nos ha
sorprendido. Tiene el alma de una ciudad que fue derribada y reconstruida, pero
sin perder nunca la elegancia ni el color. Aquí se respira historia, pero
también alegría. Entre el frío del Báltico, la música callejera y el brillo del
ámbar, esta ciudad parece brillar incluso en los días grises.
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