Después de un desayuno rápido en el hotel, salimos rumbo al centro de Torun, una ciudad que parece detenida en el tiempo con sus calles adoquinadas y ese aire medieval que tanto la caracteriza. Pasamos por la biblioteca de la universidad y, cruzando unos arcos preciosos, llegamos a la calle principal que conduce directamente al Ayuntamiento, donde el mercado navideño llenaba el aire de luces, música y olor a canela.
Justo al lado está la estatua de Copérnico, el hijo más célebre de la ciudad, y frente a ella, la antigua oficina de Correos, que descubro con sorpresa que fue residencia temporal de Napoleón durante su estancia aquí. ¡Quién lo diría!
Desde allí visitamos la iglesia de San Juan, sencilla pero acogedora, y más tarde las ruinas del castillo teutónico. Pasear entre esos muros medio derruidos, con placas que recuerdan su historia, te hace imaginar los siglos de guerras y reconstrucciones que han visto pasar. Después nos acercamos a la casa natal de Copérnico —aunque no entramos— y seguimos hacia otro descubrimiento curioso: el Museo del Jengibre. El primero nos cobraba entrada, así que lo dejamos pasar… pero un poco más adelante encontramos otro, ¡gratis! y allí sí entramos encantados.
El museo es pequeño, pero divertido: entre moldes antiguos, juguetes y recetas tradicionales, aprendes que en Torun el jengibre no es solo un dulce, sino todo un símbolo local.
Continuamos camino hasta la famosa torre inclinada, una de las atracciones más curiosas de la ciudad. No tiene la fama de la de Pisa, pero tiene su propio encanto. El suelo parece moverse bajo los pies y, como dice la tradición, si te apoyas en la torre y consigues mantener el equilibrio, significa que has vivido una vida honesta… ¡no todos lo logran! 😄
Por la tarde, regresamos al hotel,
recogimos las maletas y pedimos un Uber hasta la estación. Tardó su tiempo en
llegar, pero finalmente subimos al tren con destino Breslavia (Wrocław
para los locales). Tres horas de trayecto tranquilo, paisaje nevado por la
ventana y algo de música de fondo, hasta llegar a la ciudad.
En Breslavia nos alojamos en el hotel
Piast, justo frente a la estación: ubicación perfecta para viajeros
como nosotros. En recepción nos atendió una chica muy amable (¡rara avis por
aquí, según nuestra experiencia!) y nos asignó la habitación 5008… eso sí, sin
mando para la tele 🤷♂️.
Antes de dormir, cruzamos de nuevo la calle para buscar algo
de cenar: un bocata del Subway y una hamburguesa de McDonald’s, la combinación
viajera por excelencia. Con las mochilas ya listas, terminamos el día
dispuestos a descansar y a prepararnos para descubrir mañana esta nueva ciudad.
💭 Torun me ha parecido
una joyita discreta. Tiene el encanto de las ciudades pequeñas, esas donde el
ritmo se desacelera y todo parece más cercano. Entre Copérnico, las luces
navideñas y el aroma del jengibre, ha sido una parada cálida dentro del frío
polaco. Mañana, Breslavia nos espera con nuevas historias y —esperemos— con el
mando de la tele incluido. 📺✨
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