19 Octubre. Día 5

Hoy nos hemos despertado en Breslavia, en el Hotel Piast, justo frente a la estación. Después de varios días durmiendo en trenes y cambiando de hotel, ¡qué gusto da una noche tranquila! El desayuno ha sido una sorpresa agradable: he descubierto una ensaladilla de pepinillos, maíz, jamón york y mayonesa que me ha encantado —sabor polaco con reminiscencias soviéticas, pero muy rica—.

A las 10:30 teníamos cita con nuestra guía de hoy, Fernanda, de Civitatis. Nos encontramos con ella junto al McDonald’s de la Plaza Rynek, epicentro de la ciudad y corazón de Breslavia. Allí empezamos el recorrido entre edificios coloridos, tejados puntiagudos y adoquines que cuentan siglos de historia.

Primero visitamos el antiguo ayuntamiento, una joya gótica que parece sacada de un cuento. Dimos la vuelta completa para ver también el nuevo ayuntamiento, y entre parada y parada, Fernanda nos fue contando mil curiosidades sobre los famosos enanitos de Breslavia: pequeñas estatuillas de bronce escondidas por toda la ciudad. Dicen que ya hay más de cuatrocientos y simbolizan la resistencia pacífica frente al comunismo. ¡Cada uno con su oficio, su historia y su cara! Encontrarlos se convierte en un juego constante mientras paseas.

El siguiente paso es la universidad de la ciudad: no olvides ir a visitar al estudiante desnudo en la calle y el enorme huevo que hay en el interior del edificio. Antes de ir a ver a los artesanos locales, pasamos por una calle llena de placas en el suelo que recuerdan los momentos más históricos de esta hermosa ciudad. La ruta continuó por la calle de la Carne (ahora dedicada a los artesanos locales) y la antigua cárcel, hasta desembocar en el Hala Targowa, el mercado central. Es un edificio enorme, lleno de vida, con puestos de flores, verduras, panadería y alimentos locales. Ese tipo de sitios donde ves la ciudad real, la que vive más allá del turismo.

Al salir, caminamos hasta el Parque del Amor, junto al río Oder, con sus pequeños puentes llenos de candados y vistas encantadoras. Siguiendo el cauce, llegamos hasta la catedral, preciosa y serena, desde donde nos despedimos de Fernanda con la sensación de haber aprendido mucho más de lo que esperábamos.

Con el hambre ya apretando, buscamos un restaurante llamado Konspiracja (algo así como “Conspiración” en español), un sitio decorado con objetos de la Guerra Fría y la época soviética: máscaras antigás, uniformes, retratos viejos y hasta una radio que aún chirría con emisoras antiguas. La comida, espectacular: sabores caseros y bien servidos, perfectos para el frío de enero.

Tras el almuerzo regresamos al hotel a recoger las maletas, porque tocaba seguir viaje. El tren a Cracovia tardó casi tres horas, pero entre las vistas, la música y el cansancio general, pasaron volando. Al llegar nos instalamos en el Hotel Ibis Budget, modesto pero cómodo, un lugar perfecto para descansar tras un día tan completo. Eso sí, no negaré que terminé con un pequeño dolor de estómago... pero nada que un buen descanso y una tila no curen.

💭 Breslavia tiene algo mágico. Es una ciudad viva, alegre, donde el arte y la historia se entrelazan con un sentido del humor muy polaco: esos enanitos escondidos lo dicen todo. Me ha gustado su energía, su color y ese aire despreocupado con el que te acoge. Cada esquina parece tener una historia, y me quedo con la sensación de que podrías perderte un día entero simplemente buscándolos todos. Mañana toca Cracovia, la gran joya del sur, y algo me dice que nos va a dejar sin palabras. 🏰✨

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